Una tarde de siempre, una cortina bailando en el aire y esta voz que se mueve al momento que pasan tus ojos. Tus ojos y nada. Ese momento en que abrazas y jugás a dejarme perdido, entre mis frases sonrientes y tu madurez misteriosa. Si me tomo por la fuerza el aliento que guardás se me vienen encima semanas de sueño, de novelas perdidas, de mensajes que alarman corazón de terceros. Si venís y tomas esa nota temprana, esa palabra en mi boca ya no sé que decirte. Ya no sé si se pueda continuar la tradición de encontrarte. No se siente prudente, no se puede en el tiempo, no se mira correcto cambiar de estrategia. Pareciera de pronto que estamos perdidos, intentando seguir esa patraña con guiones en las frentes de ambos; hablás vos, hablo yo y se repite la historia. Pareciera que tengo que acelerarme a tu nombre, yo me siento obligado a continuar a tus brazos. Cuando las horas que faltan son tan pocas ahora me paralizo en completo, se me corta la sangre y no puedo pensar en otra cosa que verte. Colilla en el suelo, situación del presente. Un corazón que se rasga por tener que curarse. Una ficción de tener que quererte en secreto, sin que nadie lo sepa, sin que quieran vetarlo. Si me sigo pensando estas cosas en lagrimas yo te juro que muero, yo te juro que apuesto las millones de veces que me robaste el aliento. Yo te apuesto el futuro para saber donde estamos, donde esta señalada la verdad de este encuentro, si el “nosotros” existe. Si te digo que necesito mirarte se me van los segundos. Yo me siento impotente a tus ojos. Yo me siento en la acera con las manos abiertas, yo vengo y te digo que vuelvo mañana, apago la luz, cierro la puerta al salir, te pido que digas lo que sigue en mi nombre. Yo me miro de espaldas caminando otra vez.
Gustavo









